Madrid... y todo lo demás
Semana marcada por el batacazo de lacorazonada olímpica, por el timo sin nombre de Rogge y los chicos del COI, que animaron a Madrid a jugar en una liga donde el trofeo estaba entregado antes incluso de que empezara el partido. No hubo opción para Madrid, que presentó la más sólida y emotiva candidatura. Los videos ilustrativos, de factura excelente, parecían hechos para tocar el corazón. La cabeza, si valiese de algo, ya debía estar tocada por las cifras apabullantes que presentaba la ciudad: un 84% de apoyo popular al proyecto olímpico, un 76% de las infraestructuras terminadas. a ver quien da más. No Río, desde luego: la ciudad maravilhosa tiene el proyecto olímpico hecho unos zorros, y una de las tasas de criminalidad más preocupantes del mundo pseudocivilizado. Si les parece mejor celebrar el sarao olímpico en la ciudad de las favelas, que el CIO nos asista.
Me tragué con el mismo placer que una mousse de chocolate la presentación de la candidatura. Samaranch me hizo llorar cuando recordó a los pétereos corazones olímpicos que estaba "near the end of my time". Ni siquiera el tierno lamento de un hombre que dedicó su vida al olimpismo conmovió a los chicos de Rogge. A mí si me tocaron el corazón la voz vacilante y las sólidas palabras de este anciano admirable, que ni siquiera suplicando desciente un peldaño del orgullo legítimo. Hay que tener un superávit de dignidad para pedir tan humildemente que te hagan el último regalo de tu vida, "near the end of my time". Pobre de aquel que no es capaz de atender una petición tan noble, de no emocionarse ante un viejo que se presenta rindiendo sus armas. Una pena para todos. Ellos se lo pierden.
Carlota del Amo, de Mondadori, me hace llegar la biografía de Gabriel García Márquez que ha publicado Gerald Martin. La tengo frente a mí. Llevo tres días aplazando deliberadaemtne el placer de paladearla, pero ha llegado el momento de caer en la tentación. De vez en cuando se me va la mirada y el sentiniento de culpa a una caja llena de originales de un concurso del que soy jurado. Mañana será otro día, pero hoy me regalo una tregua laboral y el inmenso placer de lanzarme a la lectura de una biografía largamente esperada.
Otra biografía, la de Lina Prokofiev, que publicará Siglo XXI dentro de unas semanas. Vileta Medina me manda las pruebas de imprenta. Sorprendente- y, en lo me a mí respecta, ignorada - la historia de la esposa del compositor, que era de origen español y pasó siete años en un gulag soviético por ser considerada peligrosa para el progreso ideológico de su marido. Terrible biografía, terrible vida de una mujer llena de talento, de fuerza y de amor por un hombre que la abandonó a su suerte.
Es inminente la concesión del Premio Nobel de Literatura. Suenan nombres, como todos los años. Me pregunto qué sienten con la llegada de Octubre Mario Vargas Llosa, Amin Maalouf, Philip Roth. Cómo deben aguardar, con el corazón en un puño, la noticia de sus vidas, la noticia que quizá no llegue nunca como no llegó para Borges o para Pérez Galdós. Quisiera saber si se atreven a reconocer ante sí mismos lo mucho que desean la medalla dorada de los suecos, o si prefieren consolarse de la misma forma que se consolaba Borges: convenciéndose de que, en el fondo, el Premio no le importaba.
¿De verdad puede alguien permanecer al margen del Nobel? ¿Estar por encima del bien y del mal? Si lo había, era Borges que, como alguien dijo, era él solo toda una literatura. Como Samaranch es, él solo, la historia viva del espíritu olímpico. Pobres de aquellos que no supieron entender ni a uno ni a otro, y les dejaron precipitarse al final del tiempo sin concederles la gracia suprema que se habían ganado
Me tragué con el mismo placer que una mousse de chocolate la presentación de la candidatura. Samaranch me hizo llorar cuando recordó a los pétereos corazones olímpicos que estaba "near the end of my time". Ni siquiera el tierno lamento de un hombre que dedicó su vida al olimpismo conmovió a los chicos de Rogge. A mí si me tocaron el corazón la voz vacilante y las sólidas palabras de este anciano admirable, que ni siquiera suplicando desciente un peldaño del orgullo legítimo. Hay que tener un superávit de dignidad para pedir tan humildemente que te hagan el último regalo de tu vida, "near the end of my time". Pobre de aquel que no es capaz de atender una petición tan noble, de no emocionarse ante un viejo que se presenta rindiendo sus armas. Una pena para todos. Ellos se lo pierden.
Carlota del Amo, de Mondadori, me hace llegar la biografía de Gabriel García Márquez que ha publicado Gerald Martin. La tengo frente a mí. Llevo tres días aplazando deliberadaemtne el placer de paladearla, pero ha llegado el momento de caer en la tentación. De vez en cuando se me va la mirada y el sentiniento de culpa a una caja llena de originales de un concurso del que soy jurado. Mañana será otro día, pero hoy me regalo una tregua laboral y el inmenso placer de lanzarme a la lectura de una biografía largamente esperada.
Otra biografía, la de Lina Prokofiev, que publicará Siglo XXI dentro de unas semanas. Vileta Medina me manda las pruebas de imprenta. Sorprendente- y, en lo me a mí respecta, ignorada - la historia de la esposa del compositor, que era de origen español y pasó siete años en un gulag soviético por ser considerada peligrosa para el progreso ideológico de su marido. Terrible biografía, terrible vida de una mujer llena de talento, de fuerza y de amor por un hombre que la abandonó a su suerte.
Es inminente la concesión del Premio Nobel de Literatura. Suenan nombres, como todos los años. Me pregunto qué sienten con la llegada de Octubre Mario Vargas Llosa, Amin Maalouf, Philip Roth. Cómo deben aguardar, con el corazón en un puño, la noticia de sus vidas, la noticia que quizá no llegue nunca como no llegó para Borges o para Pérez Galdós. Quisiera saber si se atreven a reconocer ante sí mismos lo mucho que desean la medalla dorada de los suecos, o si prefieren consolarse de la misma forma que se consolaba Borges: convenciéndose de que, en el fondo, el Premio no le importaba.
¿De verdad puede alguien permanecer al margen del Nobel? ¿Estar por encima del bien y del mal? Si lo había, era Borges que, como alguien dijo, era él solo toda una literatura. Como Samaranch es, él solo, la historia viva del espíritu olímpico. Pobres de aquellos que no supieron entender ni a uno ni a otro, y les dejaron precipitarse al final del tiempo sin concederles la gracia suprema que se habían ganado
Etiquetas: Feria del Libro de Madrid, Premio Nobel, Samaranch





