domingo, 20 de noviembre de 2011

Las otras ciudades

Con la promoción de "la vida después", llevo de un lado para otro desde principios de octubre.

Viajar tanto puede ser una lata, pero tiene muchísimas ventajas. Por ejemplo, te cargas de puntos la Iberia Plus, hay muchos dias que puedes pasar sin hacerte la cama y desayunar opíparamente sin dar golpe.

A mí me encanta desayunar, pero como soy bastante vaga, solo desayuno en condiciones cuando amanezco en un hotel y me ducho mientras decido si voy a comerme un cruasán o una ensaimada después de los huevos revueltos y el pan con tomate.

No entiendo que haya gente que le ve desventajas a dormir en hoteles. Lo que es yo, me mudaría a uno mañana mismo.

La otra ventaja de los viajes es la ocasión de pasar un tiempo de trabajo en otras ciudades. Hago un repaso y desde principios de Octubre he estado en La Coruña, Vigo, Pontevedra, Bilbao, Valencia, Barcelona, Vitoria, San Sebastián...

También estuve en Roma, pero ese no fue un viaje de trabajo. Fue un viaje de mala suerte, porque lo realicé justo la semana anterior a la caída de Berlusconi y me perdí la fiesta. Mira que había ambiente en Roma cuando Berlusconi dimitió. Había tanta alegría ciudadana y tanto buen rollo en Italia que cualquiera pensaría que Berlusconi les había caído desde el cielo y no a través de una mayoría absoluta en las urnas.

Roma, cuando no se marcha Brlusconi, es una ciudad muy bonita, pero también es un completo coñazo. Te das un paseo a partir de las once de la noche, y si no te pones a llorar es porque la belleza de la ciudad compensa de casi todo. Incluso de que la vida nocturna sea un completo muermo, solo comparable a la de Viena. Encima, las copas son caras y malísimas. Te sirven el refresco de un botellón, y te ofrecen dos marcas de ginebra como mucho. A mí me da igual, porque a pesar de que me gusta el gintónic soy de lo más vulgar, y siempre pido Bombay saphire.

Lo cuento para que lo sepan los expertos de nuevo cuño: en Roma no te van a poner pepino en la ginebra, ni semillas de arándano, ni raspas de naranja. Solo hielo, ginebra vulgaris y tónica sin burbujas porque lleva cuatro días abierta.

Una vez me contaron que los fines de semana hay cientos de romanos que toman un avión con el objeto de venirse a Madrid de juerga. Llegan el sábado por la tarde y se vuelven por la mañana. Después de pasar unos días en Roma, no me extraña nada.

Así que, hasta que vuelva Berlusconi y de nuevo lo obliguen a marcharse, olvidémonos de juerguear por Roma porque nay nulas posibilidades de encontrar marcha en condiciones.

Ayer llegué de Vitoria y de San Sebastián. Un viaje divertido donde los haya. Vitoria es una ciudad preciosa, y me temo que de esas grandes desconocidas. Me habían organizado una presentación en Elkar, una librería fastuosa atendida por libreros de los de verdad.

Según Martín, el comercial de Planeta, toda Vitoria está llena de libreros, que no es lo mismo que los vendedores de libros. Larga vida a todos ellos. Protejamos a esa bendita especie de hombre y mujeres que leen lo que venden, que recomiendan, que sugieren, que adaptan el libro al lector.

Me vinieron a ver unos cuantos lectores - sobre todo, lectoras - y firmé sus ejemplares. Una compañera de La casa del Libro me trajo un ejemplar de la primera edición de "Hotel Almirante". Diez años tiene el libro, ahí es nada. Yo, cuando veo un libro de esos, lo trato como si fuese un incunable.

Mis amigos de Vitoria - Andoni, Marivi, Carlos, Marta, Maritxu - me hicieron de anfitriones de lujo. Me llevaron de vinos, me hicieron probar el mejor pincho de mi vida: una yema de huevo envuelta en patata, todo frito. Increíble. Luego, Andoni organizó una cena ligera: chistorra, anchoas fritas, ensalada, besugo al horno y chuletón. Para rematar, tejas, cañas de crema y pantxineta.

Para morirse de muerte lenta. Y feliz, por supuesto. Al día siguiente nos fuimos a San Sebastián. Allí, pinchazo en cuanto a cantidad de público - eran siete, y cuatro venían conmigo - pero la fidelidad de los asistentes compensó el desastre de la convocatoria. Betriz, una lectora donostiarra, hasta me trajo un queso. Entre eso y
los pinchos sublimes que nos tomamos después, como para no irse tan contenta.

Y la última sorpresa: e el aeropuerto me encontré con un amigo de la juventud, el periodista Jon Sistiaga. Tan entretenidos nos vieron en la conversación, que la azafata nos dijo que nos podíamos sentar juntos. Fue como estar en el colegio, pero al revés: allí, si hablabas con una amiga, te separaban. Pero Jon y yo encontramos asientos contiguos, y estuvimos de charla entre turbulencia y turbulencia. Nos leímos lo de lo papeles de la Balcells en El País, y llegamos a la conclusión de que es mucho mejor no escribir cartas, para que no te las publiquen dentro de cuarenta años y quedes de auténtica pena.

Y hoy, elecciones...

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3 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

A mí tambien me encantan los hoteles y sus desayunos!!Me ha gustado mucho lo de encontrarte con Jon Sistiaga. Eres igual de estupenda en tus novelas , articulos, entrevistas así como en la vida real....te conoci en Valencia en el Hotel Astoria.Yo iba con mi marido a saludarte, despues de la entrevista. Gracias por tus libros. Ah me ha encantado La vida despues aunque ya lo sabia.Besos y a por el próximo!!!!!!!PILAR

20 de noviembre de 2011, 9:59  
Blogger Evaristo Torregrosa ha dicho...

Decía Descartes que el que viaja mucho se torna extranjero en su propio país, y yo pienso que quizás de uno mismo, pues aunque hay mucho fuera, existe bastante más dentro.

26 de noviembre de 2011, 2:43  
Blogger Mirna ha dicho...

Siempre me gusta mucho viajar y conocer distintos lugares. Los hoteles en roma son mis favoritos por todo lo que ellos muestran y por la ciudad maravillosa en donde están. Ojala que pueda regresar nuevamente a esa gran ciudad

17 de agosto de 2012, 8:10  

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