La primera lluvia del otoño - una lluvia distinta, más gris y más fría que las lluvias fugaces del verano - me sorprende en Salamanca, adonde acudo a participar en un Congreso. He estado varias veces en la ciudad, y me sigue sorprendiendo su belleza de piedra color ocre. Desde la ventana de la habitación de mi Hotel se pueden ver las cúpulas de la catedral, pero la inminencia de un gripe me priva del paseo nocturno.
Hoy, mesa redonda en el aula magna de la Facultad de Filología con Martín Casariego y Román Álvarez, decano, anfitrión y moderador del encuentro. Hablamos del exilio de los intelectuales republicanos ante un público escaso y atento. Fuera, en la Plaza Anaya, la lluvia arranca nuevos colores a las piedras. Al salir, me sobrecoge la soberbia belleza del claustro de la facultad, y pienso en cuánto le hubiese gustado a mi abuela Blanca saber que su nieta había hablado en la universidad de Salamanca, tierra prometida de los saberes incluso para aquellos que tienen más cerca la universidad de Santiago.
De Santiago hablamos Martín y yo. Más que de Santiago, de la mani que organizaron el domingo los de "Queremos Galego". Cincuenta mil almas dicen que reunieron. Lo pongo en duda - cuestión de sentido común - pero nada más que eso. Fue una marcha legítima y pacífica, gracias a que los que defendemos el bilingüismo no somos aficionados a reventar el ejercicio de la libertad de expresión del que piensa distinto. Todavía recuerdan las piedras de Fonseca el salvajismo de los borrokiñas cuando Galicia Bilingüe movilizó a los gallegos para reclamar igualdad de derechos entre las dos lenguas oficiales. Allí hubo insultos a tutiplén, amenazas varias, agresiones, pelotas de goma y contenedores quemados. Esta vez todo fue como la seda: los Queremos Galego pasearon por las calles de Compostela reclamando lo suyo, y fueron alegremente secundados por los chicos del Bloque - sólo faltaría - y los del PSdG, que no aprenden la lección. Perdieron las últimas elecciones por ir de la mano de los nacionalistas y por dejar que ellos dictaran la política lingüística, y parecen estar decididos a convertir a Feijoó en presidente eterno, hasta que se canse y quiera buscar mejores destinos. Y por si hubiera alguna duda, allí estaba el ministro Caamaño, con un discurso tremendista y cursilón, no sé si fruto del delirio en estado puro o de la intención de ser el próximo candidato por el PSOE a la Xunta.
de Galicia.
En un penoso ejercicio de estupidez, Caamaño empezó diciendo que estaba en la mani representando al gobierno de Zapatero, y que Feijoó quería que desapareciese el gallego de la misma forma que desapareció el latín. Hoy ya se la envainó, tras recibir más de un toque incluso de sus huestes. Por cierto, algún alma caritativa debería informar a ese ministro que tanto ama el gallego que en el idioma que tanto quiera y que tanto usa se dice "lingua" y no "lengua". Así es como se escoñan los idiomas, señor ministro: hablándolos mal.
En una de las pancartas que fabricaron los diligentes manifestantes se podía leer "Aprender en galego non é delito". Completamente de acuerdo, benqueridos paisanos. Y pregunto yo... ¿aprender en castellano sí lo es?
El discurso victimista de los manifestantes confundiría hasta el tuétano a todo el que no conozca de cerca la realidad del gallego, que se usa libremente en la vida pública y privada, y cuyo único problema es que hay muchos que se niegan - nos negamos - a utilizarlo por narices y a amarlo a la fuerza, que es lo que pretendían las huestes de Bugallo durante el olvidable - dichosamente superado - bipartito contranatura, donde, por cierto, acabaron todos a palos. Es curioso que, cuando en Galicia el Bloque presenta serios problemas de cohesión (el otro día un amigo nacionalista me hablade la posibilidad de escisión) y un PSdG a la deriva, hayan elegido la lucha por el asoballamiento del idioma como leit motiv para luchar contra el PP. No os equivoquéis, queridiños: el gallego no es el Prestige.
Y, como lo cortés no quita lo valiente, enhorabuena por reunir a tantas almas - cien mil según vuestras cuentas, treinta mil según la policía municipal, muchas menos según mi amigo S que viveen el centro de Santiago. Sea como fuere, y para ser justa, reconoceré que junto con la clásica Feria de As San Lucas en Mondoñedo, vuestra manifestación ha sido el más brillante espectáculo de este fin de semana en mi tierra gallega.
Leo dos novelas que me entusiasman: "Tengo quince años y no quiero morir", de Christine Arnoty, el relato de una adolescente judía que tiene que vivir encerrada en un sótano de budapest durante la ocupación nazi, e "Historia de un matrimonio", de Sandrew Sean Greer, una novela bellísima que narra una historia de extraordinaria dureza con una sorprendente, exquisita sensibilidad. Literatura en estado puro para curarnos de las muchas estupideces que jalonan la vida, esta vida, nuestro mundo.
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