¡¡Piratas!!
Feliz 2012 y todas esas cosas... aunque, con la que está cayendo, casi da miedo expresar buenos deseos para el año nuevo.
Las Navidades y otros excesos me han impedido hacer algo a lo que estoy obligada: pronunciarme en el asunto de la piratería, que después de golpear duramente la industria del cine o de la música ahora acecha procelosamente a los escritores y a su trabajo.
("primero vinieron a por los comunistas... pero como yo no lo era...")
Pues eso. Que ya están aquiiiiiiií...
(Me parece escuchar la voz de Robert Mitchum en "La noche del cazador": "Niiiiiños... Niiiiiiños.)
Pero no es Mitchum, ni la niña repelente de los poltergeist. Son los piratas, que avanzan también hacia nosotros.
Lo primero que llama la atención es que el tema de la piratería, igual que el de la decoración o el fútbol, es lo suficientemente goloso como para que todo el mundo quiera opinar sobre él. Incluso aquellos que no tienen ni p... idea de lo que estams hablando.
Incluso aquellos que, al hablar de la ley sinde, te empiezan a hablar del canon digital, cuando nada tiene que ver una cosa con la otra.
Yo estoy en contra del canon digital, que es una soplapollez y nos convierte a todos en presuntos. Es como si yo entro en una ferretería a comprar un cuchillo y me lo quieren cobrar más caro porque puedo usarlo para cargarme a alguien.
La Ley Sinde, que está mal formulada, peor gestionada o pésimamente explicada, solo preendía poner una primera piedra a la hora de proteger los derechos del creador, puesto que vivimos en el único país civilizado donde hemos seguido viviendo en el salvaje oeste, donde todo vale y vale todo.
Yo no creo en la gratuidad de la cultura. Punto. Todo aquello que tiene un valor ha de tener también un precio. Un escritor no puede escribir gratis, ni un músico componer gratis, ni un pintor pintar gratis, sobre todo si tienen la pésima costumbre de comer tres veces al día.
La cuestión es que, si nos negamos a retribuir su trabajo pero pretendemos seguir disfrutando de él, tendrá que ser la administración quien se ocupe de ello, igual que paga el trabajo de los médicos de la seguridasd social o de los profesores de la Universidad.
Y yo no quiero que mi trabajo lo remunere el ministerio de cultura. Por eso tengo la humilde intención de vivir de los derechos de autor que generan mis libros y que sufragan aquellos que se divierten leyendo lo que yo escribo. Es justo ¿no? ¿Por qué va a contribuir a mi mantenimiento un señor o una señora a los que no les gusta lo que yo hago?
Pues eso es lo que pasará si convertimos los productos culturales en bienes gratuitos: que los acabrá pagando el Estado, y los creadores estarán a sueldo del gobierno de turno, con todo lo que eso significa.
A la hora de piratear, muchos esgrimen el precio de los cd´s o los libros para hacer más legítimo el descargar por la patilla la música o los textos que les interesen.
Ya he hablado otra vez sobre el precio de los libros, así que no voy a volver sobre ello. Pero a quienes pretenden justificar así el uso gratuito del trabajo ajeno, les recuerdo que cuando una cosa me parece cara, lo que hago es no comprarla, pero tampoco la robo. Las angulas son caras que te mueres, pero hoy las había en el mercado a 700 euros el kilo y no se me ocurrió salir corriendo con la caja porque estaban por las nubes.
(Dejen que aclare que me encantan las angulas)
Es cierto que el sector editorial español ha estado demasiado tiempo adoptando la estrategia del caracol a la hora de abordar el problema de la literatura digital. Que los precios de las descargas legales son disparatados - no es normal que el ebook de "La vida después" cueste 15 euros, solo cinco menos que el libro en papel - y que tenemos que ponernos todos las pilas cuanto antes. Pero eso no justifica que tanta gente se coloque la bandera de la calavera y las tibias cruzadas e invoque el derecho al robo.
Porque eso es lo que es piratear contenidos.
Robar. Y no al más fuerte, sino al más débil. No a la editorial, sino al autor, que es paradójicamente, la parte más frágil del complicado entramado de la industria.
Dicho esto, creo también que la gente es esencialmente honrada, y que no podemos dejar recaer la culpa del descenso de ventas en los libros en los piratas digitales. La mayor parte de la gente que piratea libros no es compradora de libros.
De hecho, creo que a veces ni siquiera son lectores, pero esa es otra historia.
Marcharse sin pagar el café es más sencillo que bajarse un libro por la jeta, y sin embargo casi nadie se hace un simpa del cortado con dos azucarillos.
Por eso hay que revisar el sistema para permitir a la gente honesta seguir siéndolo. Hay que revisar los precios del ebook. Hay que flexibilizar el sistema para descargar legalmente contenidos editoriales. Hay que multiplicar la oferta y racionalizarla.
Y hay que luchar sin cuartel contra todos aquellos que se están lucrando al comercializar páginas de descargas y que ingresan cantidades desorbitadas gracias a la publicidad que en ella insertan empresas perfectamente legales.
Y, ya que estamos en ello, habría que empezar por respetar las opiniones sobre este asunto y no lanzarse a la yugular de cada creador que denuncia los usos y los abusos.
Que existen, aunque muchos prefieran meter la cabeza en la tierra para creerse así más modernos, más guays y más progres.
Las Navidades y otros excesos me han impedido hacer algo a lo que estoy obligada: pronunciarme en el asunto de la piratería, que después de golpear duramente la industria del cine o de la música ahora acecha procelosamente a los escritores y a su trabajo.
("primero vinieron a por los comunistas... pero como yo no lo era...")
Pues eso. Que ya están aquiiiiiiií...
(Me parece escuchar la voz de Robert Mitchum en "La noche del cazador": "Niiiiiños... Niiiiiiños.)
Pero no es Mitchum, ni la niña repelente de los poltergeist. Son los piratas, que avanzan también hacia nosotros.
Lo primero que llama la atención es que el tema de la piratería, igual que el de la decoración o el fútbol, es lo suficientemente goloso como para que todo el mundo quiera opinar sobre él. Incluso aquellos que no tienen ni p... idea de lo que estams hablando.
Incluso aquellos que, al hablar de la ley sinde, te empiezan a hablar del canon digital, cuando nada tiene que ver una cosa con la otra.
Yo estoy en contra del canon digital, que es una soplapollez y nos convierte a todos en presuntos. Es como si yo entro en una ferretería a comprar un cuchillo y me lo quieren cobrar más caro porque puedo usarlo para cargarme a alguien.
La Ley Sinde, que está mal formulada, peor gestionada o pésimamente explicada, solo preendía poner una primera piedra a la hora de proteger los derechos del creador, puesto que vivimos en el único país civilizado donde hemos seguido viviendo en el salvaje oeste, donde todo vale y vale todo.
Yo no creo en la gratuidad de la cultura. Punto. Todo aquello que tiene un valor ha de tener también un precio. Un escritor no puede escribir gratis, ni un músico componer gratis, ni un pintor pintar gratis, sobre todo si tienen la pésima costumbre de comer tres veces al día.
La cuestión es que, si nos negamos a retribuir su trabajo pero pretendemos seguir disfrutando de él, tendrá que ser la administración quien se ocupe de ello, igual que paga el trabajo de los médicos de la seguridasd social o de los profesores de la Universidad.
Y yo no quiero que mi trabajo lo remunere el ministerio de cultura. Por eso tengo la humilde intención de vivir de los derechos de autor que generan mis libros y que sufragan aquellos que se divierten leyendo lo que yo escribo. Es justo ¿no? ¿Por qué va a contribuir a mi mantenimiento un señor o una señora a los que no les gusta lo que yo hago?
Pues eso es lo que pasará si convertimos los productos culturales en bienes gratuitos: que los acabrá pagando el Estado, y los creadores estarán a sueldo del gobierno de turno, con todo lo que eso significa.
A la hora de piratear, muchos esgrimen el precio de los cd´s o los libros para hacer más legítimo el descargar por la patilla la música o los textos que les interesen.
Ya he hablado otra vez sobre el precio de los libros, así que no voy a volver sobre ello. Pero a quienes pretenden justificar así el uso gratuito del trabajo ajeno, les recuerdo que cuando una cosa me parece cara, lo que hago es no comprarla, pero tampoco la robo. Las angulas son caras que te mueres, pero hoy las había en el mercado a 700 euros el kilo y no se me ocurrió salir corriendo con la caja porque estaban por las nubes.
(Dejen que aclare que me encantan las angulas)
Es cierto que el sector editorial español ha estado demasiado tiempo adoptando la estrategia del caracol a la hora de abordar el problema de la literatura digital. Que los precios de las descargas legales son disparatados - no es normal que el ebook de "La vida después" cueste 15 euros, solo cinco menos que el libro en papel - y que tenemos que ponernos todos las pilas cuanto antes. Pero eso no justifica que tanta gente se coloque la bandera de la calavera y las tibias cruzadas e invoque el derecho al robo.
Porque eso es lo que es piratear contenidos.
Robar. Y no al más fuerte, sino al más débil. No a la editorial, sino al autor, que es paradójicamente, la parte más frágil del complicado entramado de la industria.
Dicho esto, creo también que la gente es esencialmente honrada, y que no podemos dejar recaer la culpa del descenso de ventas en los libros en los piratas digitales. La mayor parte de la gente que piratea libros no es compradora de libros.
De hecho, creo que a veces ni siquiera son lectores, pero esa es otra historia.
Marcharse sin pagar el café es más sencillo que bajarse un libro por la jeta, y sin embargo casi nadie se hace un simpa del cortado con dos azucarillos.
Por eso hay que revisar el sistema para permitir a la gente honesta seguir siéndolo. Hay que revisar los precios del ebook. Hay que flexibilizar el sistema para descargar legalmente contenidos editoriales. Hay que multiplicar la oferta y racionalizarla.
Y hay que luchar sin cuartel contra todos aquellos que se están lucrando al comercializar páginas de descargas y que ingresan cantidades desorbitadas gracias a la publicidad que en ella insertan empresas perfectamente legales.
Y, ya que estamos en ello, habría que empezar por respetar las opiniones sobre este asunto y no lanzarse a la yugular de cada creador que denuncia los usos y los abusos.
Que existen, aunque muchos prefieran meter la cabeza en la tierra para creerse así más modernos, más guays y más progres.
Etiquetas: "La vida después", descargas ilegales, ebook, ley Sinde, pirateo





