La gente que lee
Estoy harta de escuchar que la gente no lee. De oír predicciones apocalípticas sobre el fin de los libros y de la lectura. Sobre el negro futuro que espera a la ficción, que - tras agonizar dolorosamente durante años - acabará siendo derrocada por la tele, el ordenador y la play station, amén de otros engendros que estén a punto de inventar los gurús del 2.0
Pues es mentira podrida. Yo conozco a mucha gente que lee, y que piensa seguir haciéndolo.
Este fin de semana me he topado con unos cuantos. El viernes me fui a Pontevedra, a pronunciar la lección inaugural en la apertura el curso académico en la UNED. Hablé sobre literatura porque, como expliqué, es de lo que más sé. O, mejor dicho, de lo único que sé. Desarrollé los paralelismos entre Emilia Pardo Bazán y Edith Wharton, y entre Rosalía de castro y Louisa May Alcott.
La cosa salió bien porque estábamos entre un público agradecido, y eso hace mucho. Luego se entregaron los diplomas del curso anterior, y hasta me dejaron entregar alguno a mí. ¡Con lo que a mí me gusta entregar cualquier cosa! Entre las recién graduadas, y ante mi sorpresa, la madre de una amiga, Clara, que está en la sección de universidad adultos.
Al día siguiente, reencuentro con una amiga de la adolescencia, Alma, y con su marido Juan Carlos. Me llevan a desayunar y a dar un breve paseo por Pontevedra, que está preciosa. Es una de las ciudades de Galicia que más y mejor ha cambiado en los últimos años.Visito con ellos la imponente Iglesia de San Francisco, y la tumba del Almirante Paio Gómez Charinho, el soldado - poeta (mucho antes que D´Annunzio ya andaba el hombre escribiendo buenos versos), con quien Marcial comparte parentesco. Hago una foto al conjunto con una leve sensación de incomodidad: el silencio y el recogimiento es tan grande que me parece una impertinencia usar la cámara del Iphone. Por suerte, nadie me dice nada, y me voy con mi botín.
Luego, a la librería Cronopios, a una firma de libros.
Quiero dejar claro que a mi esos actos me dan más miedo que un nublado. Siempre pienso que puedo echar una mañana sin firmar ni un libro, ante el desconcierto y el disgusto de los pobres libreros, que se sienten culpables de una firma fracasada.
Amigos libreros, quitaos esas cosas de la cabeza: si una firma va mal, la culpa es siempre del escritor.
El caso es que no hizo falta que nadie se pusiese bajo el yugo de la culpa. Tuve público abundante, me harté de firmar, y por si fuera poco recibí visitas agradables: María, mi amiga de la Universidad; Adela, otra compañera de instituto; Alberto y su hijo Álvaro, que me espetó: "Oye, que dice mi padre que eres famosa... ¿es verdad?"
Tuve que sacar de su error al pobre crío.
También vino a verme el periodista Manuel Jabois, que me trajo su libro "Irse a Madrid". Yo le firmé uno mío. "Con la esperanza de escribir algún día tan bien como tú", le puse en la dedicatoria. Y no fue por quedar bien. Jabois es, con ese binomio homólogo de David Gistau y David Torres, la pluma más brillante del columnismo actual. Hasta ahora solo nos habíamos enterado en Galicia, pero la mano de Pedro Jota es alargada y ya lo ha fichado para la web de El Mundo.
Lógico y normal
También vino a verme Iciar. Que me perdonen los demás, pero esta visita fue la que más ilusión me hizo. Iciar no ha cumplido aún los veinte años, y lee. Lee mucho. Lee mis novelas y me lee a mí, y me hace le mejor regalo que puede recibir un escritor: que empezó a leer gracias a un libro mío. La chica se había cogido un autobús - sí, señoras y señores, un autobús - para venir a conocerme. Me dijo que estaba contentísima, y no sé si acerté a decirle que yo estaba mucho más contenta que ella, porque una persona así elimina de golpe las sombras negras que se ciernen sobre el futuro de la ficción. Tiene menos ve veinte años y no se sube en un autobús para ir a un concierto o a ver de cerca a un actor de moda. Lo hace para conocer a una escritora.
Para conocerme a mí, y mientras me hago una foto con ella me siento profundamente orgullosa y afortunada y reconciliada con la raza humana.
Luego Alma y Juan Carlos vuelven a buscarme y me llevan a comer la mejor pasta que he probado en mucho tiempo. Gentes del mundo entero, si pasais por Pontevedra no os perdáis la pizzaría Mare e Monti, o cometeréis el gran error de vuestras vidas.
Al volver a Madrid, Iberia me reserva otro detallito: una hora de retraso, que aprovecho para contestar mails y enredar en el twitter.
Llego a Madrid con el tiempo justo de hacer un par de gestiones antes de ir a dar una vuelta. Y cuando voy a entrar en el ascensor del mercado de San Antón me llevo la última alegría de este singular fin de semana: cuatro chicas muy jóvenes me miran y se ríen. Compruebo con disimulo que no llevo la camisa al revés ni un lamparón en la cazadora. Una se me acerca y me pregunta si soy Marta Rivera de la Cruz: dos de ellas están leyendo "La vida después"
Alucinante
Y ahora que venga alguien a decirme que ya nadie lee. O eso es mentira, o este fin de semana yo me he encontrado con todos los ejemplares de una especie en vías de extinción.
Pues es mentira podrida. Yo conozco a mucha gente que lee, y que piensa seguir haciéndolo.
Este fin de semana me he topado con unos cuantos. El viernes me fui a Pontevedra, a pronunciar la lección inaugural en la apertura el curso académico en la UNED. Hablé sobre literatura porque, como expliqué, es de lo que más sé. O, mejor dicho, de lo único que sé. Desarrollé los paralelismos entre Emilia Pardo Bazán y Edith Wharton, y entre Rosalía de castro y Louisa May Alcott.
La cosa salió bien porque estábamos entre un público agradecido, y eso hace mucho. Luego se entregaron los diplomas del curso anterior, y hasta me dejaron entregar alguno a mí. ¡Con lo que a mí me gusta entregar cualquier cosa! Entre las recién graduadas, y ante mi sorpresa, la madre de una amiga, Clara, que está en la sección de universidad adultos.
Al día siguiente, reencuentro con una amiga de la adolescencia, Alma, y con su marido Juan Carlos. Me llevan a desayunar y a dar un breve paseo por Pontevedra, que está preciosa. Es una de las ciudades de Galicia que más y mejor ha cambiado en los últimos años.Visito con ellos la imponente Iglesia de San Francisco, y la tumba del Almirante Paio Gómez Charinho, el soldado - poeta (mucho antes que D´Annunzio ya andaba el hombre escribiendo buenos versos), con quien Marcial comparte parentesco. Hago una foto al conjunto con una leve sensación de incomodidad: el silencio y el recogimiento es tan grande que me parece una impertinencia usar la cámara del Iphone. Por suerte, nadie me dice nada, y me voy con mi botín.
Luego, a la librería Cronopios, a una firma de libros.
Quiero dejar claro que a mi esos actos me dan más miedo que un nublado. Siempre pienso que puedo echar una mañana sin firmar ni un libro, ante el desconcierto y el disgusto de los pobres libreros, que se sienten culpables de una firma fracasada.
Amigos libreros, quitaos esas cosas de la cabeza: si una firma va mal, la culpa es siempre del escritor.
El caso es que no hizo falta que nadie se pusiese bajo el yugo de la culpa. Tuve público abundante, me harté de firmar, y por si fuera poco recibí visitas agradables: María, mi amiga de la Universidad; Adela, otra compañera de instituto; Alberto y su hijo Álvaro, que me espetó: "Oye, que dice mi padre que eres famosa... ¿es verdad?"
Tuve que sacar de su error al pobre crío.
También vino a verme el periodista Manuel Jabois, que me trajo su libro "Irse a Madrid". Yo le firmé uno mío. "Con la esperanza de escribir algún día tan bien como tú", le puse en la dedicatoria. Y no fue por quedar bien. Jabois es, con ese binomio homólogo de David Gistau y David Torres, la pluma más brillante del columnismo actual. Hasta ahora solo nos habíamos enterado en Galicia, pero la mano de Pedro Jota es alargada y ya lo ha fichado para la web de El Mundo.
Lógico y normal
También vino a verme Iciar. Que me perdonen los demás, pero esta visita fue la que más ilusión me hizo. Iciar no ha cumplido aún los veinte años, y lee. Lee mucho. Lee mis novelas y me lee a mí, y me hace le mejor regalo que puede recibir un escritor: que empezó a leer gracias a un libro mío. La chica se había cogido un autobús - sí, señoras y señores, un autobús - para venir a conocerme. Me dijo que estaba contentísima, y no sé si acerté a decirle que yo estaba mucho más contenta que ella, porque una persona así elimina de golpe las sombras negras que se ciernen sobre el futuro de la ficción. Tiene menos ve veinte años y no se sube en un autobús para ir a un concierto o a ver de cerca a un actor de moda. Lo hace para conocer a una escritora.
Para conocerme a mí, y mientras me hago una foto con ella me siento profundamente orgullosa y afortunada y reconciliada con la raza humana.
Luego Alma y Juan Carlos vuelven a buscarme y me llevan a comer la mejor pasta que he probado en mucho tiempo. Gentes del mundo entero, si pasais por Pontevedra no os perdáis la pizzaría Mare e Monti, o cometeréis el gran error de vuestras vidas.
Al volver a Madrid, Iberia me reserva otro detallito: una hora de retraso, que aprovecho para contestar mails y enredar en el twitter.
Llego a Madrid con el tiempo justo de hacer un par de gestiones antes de ir a dar una vuelta. Y cuando voy a entrar en el ascensor del mercado de San Antón me llevo la última alegría de este singular fin de semana: cuatro chicas muy jóvenes me miran y se ríen. Compruebo con disimulo que no llevo la camisa al revés ni un lamparón en la cazadora. Una se me acerca y me pregunta si soy Marta Rivera de la Cruz: dos de ellas están leyendo "La vida después"
Alucinante
Y ahora que venga alguien a decirme que ya nadie lee. O eso es mentira, o este fin de semana yo me he encontrado con todos los ejemplares de una especie en vías de extinción.
Etiquetas: "La vida después", Librería Cronopios, Manuel Jabois, Pontevedra





