lunes, 1 de diciembre de 2008

Desde Lima, con amor

Cuando me fui, no sabía si tendría ocasión de escribir desde Lima: no contaba entonces con la amabilidad extrema del personal del centro cultural de España en Lima - que gestiona el eficaz Ricardo Ramón - ni la gentileza de Yolanda Prada, que me deja su propio ordenador para escribiros esta pequeña crónica de viaje.

He visto Lima pero aún no he visto Lima: mis exploraciones, hasta ahora, se han reducido a los barrios de Miraflores y San Isidro, y a los restaurantes sublimes de esta capital. Como escribi a mi hermana, sólo la cocina peruana ya justifica las doce horas de vuelo - infames - en un avión de Iberia cargado con las azafatas más maleducadas e irritables con las que me he cruzado. Parecía que habían hecho un casting de mujeres mal encaradas, poco profesionales y descontentas con su trabajo. Tuve, además, la desgradable sensación de que extremaban su malhumor con los pasajeros peruanos, lo cual acabó por ponerme definitivamente de mala leche. Cuando me di cuenta de que la zona de business iba completamente vacía, y que una pareja de ancianos iba desmadejada en los ridículos asientos de turista, hablé con una de aquellas maestras del mal rollo para preguntar si no era posible pasar a aquellos viejitos a la clase preferente. Me miró como si estuviera loca. "Esos asientos son para quien los paga", me dijo, y yo le contesté entonces que he viajado en preferente media docena de veces y que nunca en la vida había pagado esos asientos. "Mire - zanjó - eso no es cosa mía. Pero el que ha pagado por un buen asiento no quiere ver a... a gente que no ha pagado"- Recibido. Así que empiezo a pensar que a la hora de cubrir un asiento preferente, Iberia selecciona a quien le parece más o menos presentable. Yo he dado el pego, pero dos ancianitos limeños no lo dan.

Ya en tierra, uno descubre con agrado que los peruanos son las personas más amables y corteses que ha conocido nunca. El acento limeño es dulce y se pega al oído como una mezcla de azúcares. Me instalan en el hotel Antigua, en el barrio de Miraflores: es una antigua casona colonial con patio ajardinado y balcones de piedra. Las habitaciones son cómodas y grandes, y el personal tiene todos un repertorio de sonrisas que hace que cualquiera sienta esta mansión miraflorina como la sucursal de su hogar en Lima.

El jueves, cena fabulosa con Alfonso tena, un diplomático español amigo de Santiago Tamarón, y su mujer, Miranda. Hablamos de libros, de españa... y de comida. Porque la cena en el restaurante que han elegido supone para mí otro descubrimiento del nuevo mundo a través de sabores que no sabía que existían.

Digo que apenas he visto Lima porque desde el viernes y hasta ayer estuvimos en Cuzco. La ciudad colonial es un prodigio auténtico. La catedral, una joya mestiza donde los elementos de la cultura incaica se incorporaron sabiamente al aparato de la religión católica: en la sillería del coro, los asientos han sido rematados por ángeles de grandes pechos que representan a la Pacha Mama, la madre tierra. Las imágenes - esculpidas por artesanos locales que no son, desde luego, los maestros españoles - están rodeadas de espejos. Hay cientos de ellos, y nuestra guía me explica el por qué: los incas creían que había algo mágico en el reflejo de su propia imagen, y era más fácil fijar su atención en las imágenes si estaban rodeadas de azogue. Me imagino la catedral hace casi quinientos años, sin más luces que la llama vacilante de miles de cirios encendidos, y esos espejos devolviendo su imagen a cientos de indios confundidos, asombrados, rendidos ante la magnificencia de la orfebrería, la madera tallada, ante el olor a incienso y, quizá, la música sagrada en un coro de monjes. No hay más que decir.

En Machu Picchu, recuerdo aquello de que el viaje es tan importante como el destino. Subiendo en tren al pueblo de aguas calientes, atravesamos sierra, bosque, bordeamos torrentes, descubrimos la selva, con flores nunca vistas y árboles eternos que no hubiésemos adivinado. Luego, ya en las ruinas, no me fascinan tanto las piedras de los incas como el enclave: esas montañas imposibles, enteramente cubiertas de vegetación, aisladas del mundo... Germán, nuestro guía, es un indio auténtido que culpa a los conquistadores de todos los males, y describe a los incas como genios de la ciencia y la técnica, como garantes de la sabiduría y el conocimiento cuyo caudal fue detenido en seco por la Santa Inquisición. Ante la mirada severa de Marcial, me muerdo la lengua para no decir a ese hombre entusiasmado y bueno que nos habla de su raza que cuando los incas levantaban simples muros de piedra, la Alhambra llevaba siglos rematada. Germán quiere hablar de palacios que ya no existen, de teorías inverosímiles que arrojen alguna luz sobre el misterio de Machu Picchu, pero a mí se me van los ojos a esas montañas, algunas de las cuales están atravesadas por nubes, otras doradas por un sol que se oculta y se muestra como en un juego. Es mágico, en cualquier caso.

Hoy, el casco histórico de Lima, conferencia en el Centro Cultural y cena con amigos limeños. Está siendo un viaje intenso, feliz y lleno de cosas que incorporar a la mejor zona del recuerdo

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2 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Bien hallada!
Tus sensaciones hacen volar mi imaginación sin Iberia!
Recuerda que por mucho que se esmeren en los fogones de ultramar, por aquí tienes los de las hermanas Leal aguardando tu cuchara...
Una vez conocí a un chico de Perú. Me habló de su país. Tenía tanto rencor hacia los españoles que pensé que ese sentir arrastrado durante cinco siglos tenía que venir ya con su adn...
Recomiendo "Retrato en sepia" de I.Allende, una delicia.
Disfruta de tu visita!
Cristina.

7 de diciembre de 2008, 4:57  
Anonymous Pablo Núñez ha dicho...

Me sumo a las hermanas Leal y a la espera de la cuchara te damos la bienvenida a casa.

7 de diciembre de 2008, 13:07  

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